Puede sonar a excusa. Una manera de justificar por qué necesito una bicicleta, o por qué necesito tanto tiempo para entregarme a ella.
Pero no lo siento así. Después de tantos años pedaleando, he llegado a comprender que el ciclismo ha cuidado más mi mente que mi cuerpo, aunque también haya hecho mucho por él.
En realidad, ambas van de la mano. Sabemos que el ejercicio libera dopamina, serotonina, endorfinas… pequeñas descargas de bienestar que el cuerpo traduce en calma placentera.
Sin embargo, lo mío va un poco más allá. No es tanto el ciclismo como deporte, sino la bicicleta como vía de escape.
Cuando bajé el telón a mi etapa universitaria, que se prolongó más de lo previsto, porque la vida laboral me retuvo en la ciudad donde estudié, todo cambió de golpe: trabajo, ciudad, relación. Muchos giros en poco tiempo. Me encontré con un hueco enorme que necesitaba llenar, y sin pensarlo demasiado, me compré una bicicleta. Podría haber sido una guitarra. O una caña de pescar. Incluso una videoconsola. Pero no: fue una bicicleta. Corría el año 2011.
La decisión tenía más fondo del que imaginaba. Quería un cambio de vida. Venía de años de pluriempleo para pagarme los estudios, de días largos y malos hábitos. Y de pronto tenía tiempo, y cerca de mí varios parques naturales. Pasar de una vida sedentaria en la ciudad y adentrarme en el monte abierto fue casi un acto de instinto.
Así empecé: sin ropa técnica, sin nociones de mecánica, con las pocas herramientas que venían con la bici para arreglar un pinchazo. Y sinceramente, poco más hace falta: dos ruedas que frenen y ganas de perderse.
La bicicleta me ayudó a conocerme. Y conocerme me ayudó a mejorar.
¿Estaba triste? Pedaleaba. Mientras el aire me golpeaba la cara, pensaba en los porqués: ¿qué me ha llevado aquí?, ¿tengo parte de culpa?, ¿puedo cambiarlo?, ¿puedo evitar que se repita? Horas y horas de conversación conmigo mismo, hasta que el pensamiento se volvía más claro.
¿Estaba feliz? También pedaleaba. Para celebrarlo, para estirar la alegría un poco más.
¿Tenía una discusión laboral o personal? Pedaleaba. En aquellos años me movía por impulso. Decía lo que pensaba sin pensar lo que decía, y a veces la franqueza me mordía de vuelta.
La bicicleta me dio una herramienta nueva: el movimiento como desahogo.
Si la rabia me hervía por dentro, aumentaba el ritmo hasta no pensar en nada más que en respirar. No siempre encontraba soluciones, pero sí perspectiva. El cansancio convertía los problemas en algo más manejable, los reducía a su justa medida.
Y cuando necesitaba resolver algo, bajaba el ritmo y dejaba que las piernas movieran las ideas. Siempre acababa llegando a alguna conclusión. Quizás no definitiva, pero suficiente para seguir pedaleando por la vida con una carga más liviana.
Comprendí que casi todo tiene arreglo, y que las soluciones, cuando llegan desde la calma, lo hacen para quedarse.
La bicicleta me enseñó cómo funcionaban mis emociones. Gracias a ella aprendí a cuidarme, a quererme, a ser más paciente. No fue rápido ni planeado: fue un proceso lento, natural. Con el tiempo entendí lo que había ocurrido. Todo encajó después, cuando ya podía mirar atrás sin ruido.
Somos la suma de lo que hemos vivido. Incluso las malas decisiones nos traen hasta aquí. Si no nos gusta el resultado, el proceso debe continuar. Si hemos aprendido a querernos, entonces todo cobra sentido.
La bicicleta fue una herramienta esencial en este proceso, aunque no la única. También lo fueron los amigos, la familia, los libros… todo aquello que me permitió tomar distancia del presente y darme el espacio suficiente para entenderme mejor.
Hoy la bicicleta ya no es mi psicóloga: es una amiga. Una compañera de viaje. No paso tantas horas con ella como antes, pero sé que, cuando la necesite, seguirá ahí, esperándome. Dispuesta a escuchar, o simplemente a acompañarme, mientras vuelvo a perderme en otra deriva.
¿Te apetece seguir el rumbo de Deriva Lenta?
Estas reflexiones aparecen sin calendario, igual que llegan los pensamientos que las provocan.
Si te apetece recibirlas cuando surgen, la slowletter es el lugar donde continúan.
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