Siempre me ha gustado la fotografía. A todos nos gusta guardar los momentos felices (viajes, encuentros, personas), quizá porque intuimos que la memoria, con el tiempo, también se cansa.
En mis primeros viajes en bicicleta ya empecé a preocuparme por el espacio. No quería cargar más de lo necesario: me bastaba el movimiento, el viento en la cara, el sonido de las ruedas sobre el camino. Paraba solo para comer o para hacer alguna foto de rigor. En aquel entonces, el teléfono era suficiente. Disfrutaba fotografiando y compartiendo mis viajes, pero aún no sentía la fotografía como una pasión.
Hasta que me mudé a un piso vacío.
Quise hacerlo mío colgando collages con imágenes de mis rutas, y ahí descubrí algo: las fotos del móvil (hablo de hace más de siete años) no tenían la calidad suficiente para ampliarlas. No entendía todavía de luz ni de color (esas horas que hoy paso frente al ordenador tras un fin de semana de monte y polvo), pero empecé a sospechar que había algo más detrás de una buena imagen.
Seguí viajando con el teléfono por pura comodidad, hasta que la acampada cambió mi forma de mirar.
Al final del día montaba la tienda, preparaba algo sencillo para cenar y me sentaba sobre la colchoneta (o en un banco improvisado) a leer, mientras la tarde se desvanecía y el cielo comenzaba a encenderse de estrellas. Pasaba largos ratos con una app de realidad aumentada, identificando constelaciones e imaginando historias en cada trazo de luz.
Fue entonces cuando supe que también quería guardar esos momentos: mi tienda iluminada bajo la noche, el silencio, la calma inmensa del campo abierto.
No tengo nada en contra de la fotografía con el teléfono. Hoy las cámaras móviles ofrecen resultados magníficos, y son perfectas para estilos como el retrato, la fotografía urbana o callejera. Pero hay terrenos donde se quedan cortas: la fotografía nocturna, la macro, la de fauna o deportes. Capturar la Vía Láctea o las trazas de las estrellas exige ópticas luminosas y exposiciones largas (entre 10 y 15 segundos para estrellas como puntos o lightpainting, y hasta una hora para trazas completas). De todo eso, entonces, no sabía nada. Solo quería atrapar un trozo de cielo.
Así que di el paso y compré mi primera cámara: una mirrorless Olympus1, a la que añadí un objetivo luminoso (Panasonic Lumix G 20mm f/1.7 ASPH). Quería aprender, jugar, equivocarme. Y desde ese momento ya no hubo marcha atrás.
Tenía claras las condiciones: debía ser pequeña, ligera y resistente, una cámara que pudiera convivir con el equipaje de bikepacking. Después de leer y comparar, opté por el sistema Micro Cuatro Tercios2: compacto, equilibrado y con un catálogo de ópticas adaptado al viaje. Encontré de segunda mano una Olympus E-M10 Mark III, y aunque al recibirla pensé que era enorme, pronto entendí su verdadero tamaño. Hoy me parece diminuta comparada con las full frame o APS-C.
La prueba de fuego llegó cruzando Alemania y Suiza en bicicleta3. Me la compré para ese viaje, y la experiencia fue reveladora. Poco después actualicé a la OM-5 (mi compañera actual) y añadí un gran angular y un teleobjetivo compacto.
Si has llegado hasta aquí, quizá compartes las mismas dudas que tuve yo.
Por eso te dejo algunos apuntes personales (más vividos que técnicos) que quizá te ayuden a decidir.
Los pros puedes verlos directamente en la galería de Deriva Lenta: el color, la textura, el juego con la luz.
Los contras, te los cuento aquí:
No me gusta que la cámara tenga un visor que sobresalga del cuerpo: al llevarla en la espalda acaba clavándose y resulta incómoda. Mi solución fue improvisar una funda de neopreno recortada para dejar el objetivo fuera; así puedo detenerme, soltar el estabilizador que la mantiene firme mientras pedaleo (accesorio imprescindible) y disparar en segundos. Con la práctica, el proceso se vuelve casi automático.
Tampoco voy a negar que cambiar de objetivo puede ser un engorro: interrumpe el ritmo del pedaleo y exige un pequeño ritual de pausa y cuidado. Pero en mi caso, ese paréntesis se ha convertido en parte del viaje. Llevo los objetivos en una riñonera, junto a la cámara (cuando me canso de llevarla en la espalda) y un mini trípode. Lo ideal sería un objetivo todoterreno, pero prefiero la nitidez de los fijos: suelo llevar tres, dos luminosos y un tele corto. Todo cabe en la riñonera y, aunque obliga a detenerme, lo vivo como una forma de mirar con más calma.
Cambiar de objetivo, al final, también es cambiar de perspectiva.
He aprendido a viajar sin prisa, y cada fotografía se convierte en parte del propio trayecto.
Quizá a ti te baste el teléfono.
Quizá prefieras un equipo más grande.
Yo, por ahora, estoy en paz con el mío.
Y tú, ¿qué llevas en tus viajes? ¿Qué te llevó a elegir tu cámara?
Si te apetece compartirlo, te leo en los comentarios o en la comunidad de fotografía de Telegram de Deriva Lenta.
Porque la belleza del camino también se encuentra en cómo lo miramos.
¿Te apetece seguir el rumbo de Deriva Lenta?
Estas reflexiones aparecen sin calendario, igual que llegan los pensamientos que las provocan.
Si te apetece recibirlas cuando surgen, la slowletter es el lugar donde continúan.
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