Imagina disponer de unos días para entregarte a una ruta en bicicleta. Tú, la bicicleta y el camino. Imagina avanzar despacio, disfrutando de eso que tanto amas: desconectar para reconectarte a través de la naturaleza. Sin prisas, sin la obligación de completar el recorrido si el tiempo no alcanza. No importa: la ruta será paciente, sabrá esperar sin enfadarse. Lo importante es gozar de cada kilómetro, de cada instante.
Mis primeros viajes en bicicleta no fueron «cicloturistas», sino retos de autosuficiencia en clave de bikepacking. Y, curiosamente, ni ese era mi propósito, ni era del todo consciente de ello. Mi intención era la de «viajar/descubrir», pero siempre acababa pedaleando tanto como me permitiesen el Sol y las piernas, dormir lo justo para reponer fuerzas y, al alba, volver a montar y seguir pedaleando. Disfrutaba, sí, pero sin saber que la experiencia podía expandirse, volverse aún más plena.
Con el paso de los años descubrí mi enfermedad: no sabía parar. Y cuando uno la detecta, dicen, ya tiene medio camino hecho hacia la cura. Eso creía yo. Me costó aprender a detenerme, a llegar a un lugar hermoso y simplemente quedarme allí. No para sacar la foto de rigor y seguir adelante, sino para respirar, contemplar, escuchar… para fundirme con el lugar.
Poco a poco, fui encontrando el gusto en esas pausas, y con ellas se abrió un mar de posibilidades. Empecé a mutar de ciclista a cicloturista. Ya no devoraba kilómetros, sino momentos. Descubrí que la lentitud era un regalo.
Y en ese punto de mi aprendizaje apareció la noche. Ese territorio que solemos reservar para el descanso se convirtió en parte esencial de mis viajes. Un universo propio, lleno de matices, con sonidos distintos, con luces y colores que parecen inventados para quien se atreve a detenerse.
Nada me gusta más que buscar un rincón apartado de pistas y carreteras, montar la tienda justo cuando el día empieza a despedirse y, en lugar de cerrar la jornada, abrirla de otro modo. Sentarme en mi pequeña «silla de dimensionar»1, ver cómo el cielo cambia de tonos, sentir cómo una parte de la fauna se acuesta mientras otra despierta. Los sonidos se transforman, nace una nueva banda sonora, más tenue quizás, pero no menos mágica.
En ese descubrimiento me encontré también con la fotografía nocturna. Inmortalizar mi tienda bajo un manto de estrellas, con la Vía Láctea recordándome lo pequeño que soy y lo afortunado que me siento al poder presenciar tal espectáculo, se ha convertido en uno de los mayores tesoros de mis viajes.
Eso es lo que te propongo en esta ruta, y en todas las que puedan venir. Quizás ya seas, como yo, alguien que disfruta viajando a la deriva. Si es así, celebro poder compartir contigo esta forma de entender el camino, tan saludable para el cuerpo como para el alma.
Haz tuya la ruta. Desmóntala, vuélvela a armar, crea tantas variantes como desees: la zona ofrece cientos de posibilidades. Pero no olvides compartir tu experiencia: a todos nos gusta viajar también en la deriva de los demás.
¿Te apetece seguir el rumbo de Deriva Lenta?
Algunas Derivas se cuentan mejor con calma, cuando el camino ya ha reposado.
Si te apetece acompañar estos viajes cuando encuentran su momento, la slowletter es una buena forma de seguir el rumbo.
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