Si hay una ruta que llevo tiempo deseando recorrer, esa es Rodera, el Camí dels Assagadors. ¿Por qué? Principalmente porque soy valenciano. Y, como tal, admito con un poco de rubor que todavía no he explorado todos los tesoros de mi propia tierra. Rodera es justo eso: la ocasión perfecta para adentrarme en una de esas zonas que aún me quedan por saborear y reencontrarme con la belleza de un territorio que, para mí, es de los más hermosos del mundo.

Todavía presentes en el callejero de muchos pueblos valencianos, los assagadors son antiguas vías pecuarias de origen medieval. Caminos mucho más modestos en anchura que las grandes cañadas, por los que el ganado avanzaba prácticamente en fila, un animal detrás de otro. Durante siglos conectaron los pastos de las sierras interiores con las tierras agrícolas del litoral y, a menudo, fueron trazados bordeando los núcleos de población para evitar molestias, enfermedades y daños en los cultivos.

De algún modo, Rodera recupera aquel espíritu trashumante: partir del Mediterráneo, adentrarse en las montañas siguiendo caminos secundarios y antiguos pasos ganaderos y, después de atravesar buena parte del interior valenciano, regresar de nuevo al mar. Una larga travesía de costa a costa, evitando siempre que es posible las grandes carreteras y los núcleos de población.

Paisaje montañoso con una pista que cruza por el medio

De ese mismo impulso nació también Deriva Lenta Slowbiking: de las ganas de mostrar mi patio de juegos, ese rincón del norte de la Comunitat Valenciana que tanto me inspira. El Camí dels Assagadors serpentea por el centro de nuestro territorio y estoy seguro de que, con el tiempo, aparecerá algún enamorado de la parte sur dispuesto a invitarnos también a descubrir aquellos lares.

Antes de afrontar la ruta completa tuve la oportunidad de hacer una pequeña cata de fin de semana con un colega al que había conocido en una de las salidas de Bikepacking Gathering1. Un compañero afinado en una frecuencia muy parecida a la de Deriva Lenta. Cuando me propuso la idea y dije que sí, sabía que había apostado a caballo ganador.

La gente de Rodera, siempre con buena onda, nos preparó un pequeño bucle por la parte norte del trazado, la que nos quedaba más a mano desde nuestras localidades: casi 150 kilómetros y más de 3.600 metros de desnivel positivo para descubrir durante dos días algunos de los paisajes por los que discurre el Camí. Aquí te dejo el track de Wikiloc.

Nos desplazamos hasta Tuéjar para comenzar el recorrido. Allí, en plena Serranía valenciana, dejamos atrás el coche y, después de un buen desayuno (porque las grandes aventuras siempre parecen empezar mejor con el estómago lleno), terminamos de preparar las bicicletas.

Había ganas. Muchas.

Esa mezcla de nervios y entusiasmo que aparece mientras aprietas la última correa y sabes que, durante las próximas horas, tu mundo va a reducirse a algo tan sencillo como seguir una línea sobre el GPS.

Y empezamos a pedalear.

Pronto las carreteras dejaron paso a las pistas y nos internamos en un paisaje de pinares mediterráneos, carrascales, campos de secano y barrancos. Un territorio de transición, duro por momentos, en el que los bosques se abren para dejar aparecer cultivos antes de volver a cerrarse unos kilómetros más adelante.

Alpuente, La Yesa, La Cuevarruz, Corcolilla, Aras de los Olmos… Pequeños pueblos fueron apareciendo en nuestro camino como pausas naturales dentro del recorrido. Lugares tranquilos, alejados del ruido de las grandes poblaciones, donde uno tiene la sensación de que la bicicleta no atraviesa el territorio, sino que se adapta a su ritmo.

Quizá por eso me gustó especialmente encontrar tantos refugios forestales en buen estado a lo largo del recorrido. No solamente como ciclista, sino pensando en las posibilidades que ofrecen para que rutas así puedan disfrutarlas personas con maneras muy diferentes de viajar.

A mí me encanta plantar la tienda y dormir fuera, pero soy consciente de que no todo el mundo comparte ese entusiasmo por la acampada o el vivac. Saber que existen lugares donde resguardarse permite afrontar una aventura de varios días de otra manera y abre este tipo de viajes a un abanico mucho más amplio de cicloturistas.

Curiosamente, aquella vez fui yo quien decidió dejar la tienda en casa.

Nuestro objetivo para pasar la noche era el Cobijo Forestal Agua Tomás. No teníamos demasiada información sobre lo que encontraríamos allí y quizá por eso la llegada se convirtió en uno de esos pequeños momentos que permanecen en la memoria mucho después de haber olvidado kilómetros, desniveles y estadísticas.

El refugio apareció en un entorno recogido, rodeado de naturaleza, con una zona de merenderos y el río Túria discurriendo plácidamente a apenas treinta metros. Después de todo un día pedaleando, aquello nos pareció poco menos que un hotel de cinco estrellas.

Refugio forestal con dos bicicletas de bikepacking apoyadas y una mesa de madera

Era 30 de octubre y la temperatura invitaba a pensárselo dos veces, pero tener el río allí delante terminó imponiéndose a cualquier atisbo de sensatez. Un baño rápido en sus aguas frías fue suficiente para quitarnos de encima el polvo y parte del cansancio acumulado durante la jornada.

Después llegó la recompensa: entrar en el refugio, encender la chimenea y dejar que, poco a poco, el calor ocupara la estancia.

Fuera, la noche.

Dentro, el fuego.

A veces no hace falta mucho más.

Ciclista bañándose en un río
Ciclistas en refugio forestal al calor del fuego de la chimenea

La oscuridad de aquel rincón del Alto Turia era también una invitación demasiado tentadora para dejar la cámara guardada. Así que todavía hubo tiempo para salir a fotografiar la noche. Normalmente, la fotografía nocturna implica largas esperas a la intemperie, pero aquella vez tenía trampa: podía pasar un rato bajo las estrellas y regresar después al contraste cálido del refugio, junto a la chimenea.

Así, la fotografía nocturna no parecía tan extrema.

Dormimos calientes mientras, fuera, seguía corriendo el Túria.

A la mañana siguiente el frío seguía allí, esperándonos. Pero pocas cosas ayudan tanto a reconciliarse con una mañana fría como sostener una taza de café caliente entre las manos mientras escuchas correr el agua.

Sentados junto al refugio, aquel primer café fue suficiente para empezar a imaginar una segunda jornada tan placentera como la anterior.

Tocaba recoger.

Refugio con bicicleta apoyada y rastro de estrellas en el cielo

Cargar nuevamente las bicicletas, ordenar nuestras cosas, limpiar y adecentar el refugio para quienes llegaran después. Lejos de convertirse en una obligación, aquellas pequeñas tareas mecánicas tuvieron algo de ritual. Guardar, doblar, barrer, comprobar que todo quedaba como lo habíamos encontrado. Acciones sencillas que no exigían pensar demasiado y que, mientras las manos trabajaban, parecían ir borrando poco a poco el cansancio de las piernas.

Cuando volvimos a subirnos a las bicicletas, el cuerpo ya había entendido que quedaba otro día por delante.

Y así fue.

Otra jornada de pistas, bosques, pueblos pequeños y paradas sin mirar demasiado el reloj. Con la filosofía del slowbiking, pudimos seguir disfrutando del territorio sin convertir el recorrido en una persecución de kilómetros.

Porque quizá esa sea una de las cosas que más me atraen de viajar en bicicleta: poder atravesar un lugar a la velocidad suficiente para avanzar, pero también lo bastante despacio como para darte cuenta de que estás allí.

Caminos distintos, una misma deriva

Mientras escribo esta Deriva, no puedo evitar pensar en Deriva Lenta. Cuando recorrimos estos caminos, en 2023, el proyecto todavía no existía. Pero, visto desde hoy, resulta curioso reconocer en aquella experiencia algunas de las ideas que, dos años más tarde, acabarían dando forma a DL.

Rodera y Deriva Lenta son proyectos diferentes, nacidos en lugares distintos y con sus propias inquietudes, pero resulta bonito descubrir que existen otras personas mirando el territorio de una manera parecida. Personas que entienden que diseñar una ruta no consiste únicamente en unir dos puntos de la forma más eficiente posible.

Hay otra manera de hacerlo.

Buscar el camino secundario. Preferir una pista a una carretera aunque suponga dar un pequeño rodeo. Entrar en ese pueblo al que aparentemente no había ninguna razón para entrar. Detenerse junto a un río. Dormir en un refugio. Levantar la mirada del GPS.

En realidad, quizá el slowbiking tenga poco de novedoso.

Durante siglos, quienes recorrieron los assagadors ya viajaban adaptándose al territorio. Los caminos no estaban allí para llegar antes, sino para poder llegar. Rodeaban pueblos, atravesaban montañas y buscaban los pasos que permitían conducir el ganado entre los pastos del litoral y las tierras altas.

Nosotros llevamos bicicletas cargadas en lugar de rebaños, seguimos una línea digital en lugar de las huellas de los animales y buscamos experiencias en vez de pastos. Pero hay algo familiar en esa forma de avanzar.

Quizá viajar despacio no sea tanto una nueva manera de recorrer el territorio como una forma de recuperar algo que habíamos olvidado.

Volver

Si lo que recorrimos durante aquellos dos días es representativo del resto del Camí dels Assagadors, estoy convencido de que Rodera va camino de convertirse en una de mis rutas favoritas.

Y quizá lo mejor sea saber que sigue allí.

Cerca de casa.

Esperando.

Porque haber recorrido una pequeña parte no ha hecho desaparecer las ganas de conocerla. Ha ocurrido justo lo contrario. Ahora quiero seguir esa línea hasta el final, jugar con el track, desviarme, regresar, descubrir los caminos que nacen a sus lados y entender un poco mejor ese territorio que durante demasiado tiempo he tenido tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos.

Algún día llegará el momento de recorrer completo el Camí dels Assagadors: partir del Mediterráneo, dejar atrás el mar para internarme en las sierras valencianas y, muchos kilómetros después, volver a encontrarlo al otro extremo del camino.

Hasta entonces, me quedo con aquella mañana fría junto al Túria, el olor de la chimenea todavía impregnado en la ropa y dos bicicletas nuevamente cargadas frente a un camino que continuaba.

Después de todo, los assagadors siempre sirvieron para eso.

Para seguir avanzando.

¿Te apetece seguir el rumbo de Deriva Lenta?

Algunas Derivas se cuentan mejor con calma, cuando el camino ya ha reposado.

Si te apetece acompañar estos viajes cuando encuentran su momento, la slowletter es una buena forma de seguir el rumbo.

Dibujo de rio con refugio de noche