Una Deriva invitada
Hay viajes que empiezan mucho antes de la primera pedalada.
A veces nacen de una conversación. Otras, de una fotografía olvidada. En el caso de Ramon y Mariona, todo comenzó con una de esas casualidades que algunos llaman señales.
En octubre de 2025, un vídeo sobre un viaje por los Annapurnas apareció por casualidad en YouTube. Pocos días después, Google les recordaba fotografías de un viaje a Nepal realizado diecisiete años atrás. Sin darse cuenta, un nombre volvía a aparecer en el horizonte: Thorong La Pass.
Lo que debía ser una travesía por los Annapurnas acabaría llevándolos mucho más lejos, hasta el Upper Mustang, una tierra de paisajes áridos, cultura tibetana y pueblos suspendidos entre montañas.
Esta es su historia.
A partir de aquí, os dejo con ellos.
¿Creéis en las señales?
Pues este viaje es fruto de ellas.
En octubre de 2025, YouTube me mostró un vídeo de un viaje por los Annapurnas de Elena Bravo y su pareja. Pocos días después, Google me recordaba mi viaje a Nepal de hacía diecisiete años. Como creo que los viajes hay que visualizarlos, verlos e ilusionarse con ellos antes de emprenderlos, mi cabeza empezó a darle vueltas a la idea.
Los Annapurnas y su mítico Thorong La Pass, a 5.416 metros de altitud, estaban claros. Pero ¿qué haríamos el resto de los días? ¿Hacia dónde pedalearíamos?
La respuesta apareció rápidamente: Mustang. Upper Mustang. El antiguo reino de Mustang. Un cambio de paisaje, de gente y de cultura, con una clara influencia tibetana y sus monasterios.
Nepal es un país que yo llamo fácil. La amabilidad de su gente, la facilidad para encontrar alojamiento, la posibilidad de comer prácticamente de todo y el hecho de que, para nosotros, occidentales, siga siendo un país económico, hacen que viajar allí resulte sencillo.
Aun así, desde 2023 es obligatorio acceder a los parques con guía. ¿Podíamos arriesgarnos e ir por libre? Quizá sí. Pero si queremos que un país se desarrolle, qué mejor que contribuir generando trabajo.
Así fue como conocimos a Rokha, nuestro guía, compañero de pedaladas y amigo.
Camino a los Annapurnas
El primer día en Katmandú nos sirvió para despertar las piernas. Recorrimos las colinas que rodean la ciudad, nos sumergimos en el caos de sus calles sin semáforos y visitamos la estupa de Boudhanath y la plaza Durbar.
Al día siguiente, una furgoneta nos llevó hasta Besisahar, punto de inicio del viaje de verdad.
Día tras día fuimos ganando altura. Empezábamos a poco más de 700 metros y nos esperaban los 5.416 del Thorong La.
Los primeros días fueron calurosos, polvorientos y con tráfico de camiones pesados. Pero a medida que avanzábamos, los caminos se volvían más alpinos y las grandes montañas comenzaban a aparecer.
El Manaslu, con sus 8.091 metros.
El Annapurna II, con 7.937.
Y más adelante, Manang, a 3.519 metros.
Mucha gente se queda allí un día para aclimatarse. Nosotros nos encontrábamos bien y decidimos continuar.
Al día siguiente dormíamos en Thorong Phedi, a 4.450 metros.
El gran día se acercaba.
El día del Thorong La
Sabíamos lo que nos esperaba.
Prácticamente no pedalearíamos. Sería una jornada de pushing. Muchas horas empujando la bicicleta cuesta arriba… y después muchas más empujándola cuesta abajo.
A las cuatro de la mañana, bajo la luz de los frontales y rodeados por una larga fila de trekkers, comenzamos la ascensión.
Éramos los únicos ciclistas.
Los primeros quinientos metros de desnivel fueron los más duros. Frío, oscuridad y una sucesión interminable de curvas.
Pero una vez alcanzado el campamento base, ya cerca de los 5.000 metros, todo cambió.
El sol empezó a asomar por detrás de las montañas. El paisaje se abrió ante nosotros. Y el Annapurna South nos dio la bienvenida.
Aquel momento, rodeados de un escenario inmenso, compensó todas las horas de sufrimiento.
Finalmente, hacia las diez de la mañana, alcanzamos el Thorong La Pass.
Pensaba que me emocionaría.
No ocurrió.
Estaba contento, evidentemente. Había conseguido una meta que llevaba mucho tiempo persiguiendo. Pero también es cierto que un grupo de jóvenes israelíes, con altavoces, música y vídeos constantes, acabó rompiendo parte de la magia del momento.
Aun así, el objetivo estaba cumplido.
El reino de Mustang
Después del Thorong La comenzó, para nosotros, la parte más especial del viaje.
Mustang.
Upper Mustang.
Un territorio bañado por el río Kali Gandaki, una de las gargantas más profundas del mundo.
Imaginad una inmensa meseta árida, rodeada de impresionantes cortados, paredes de roca erosionadas por el viento y pueblos suspendidos en medio de la nada. Todo ello a casi cuatro mil metros de altitud, junto al Tíbet, rodeado de cultura, monasterios y tradiciones tibetanas.
Para ganar tiempo subimos en pick-up hasta Lo Manthang, la capital del antiguo reino.
Durante los días siguientes visitamos monasterios milenarios, viviendas excavadas en la roca y pueblos donde parecía que el tiempo avanzara a otro ritmo.
Aquí apenas había turistas.
Solo silencio.
Y eso era un lujo.
La gente que encontramos por el camino
Si algo nos llevamos de Nepal es su gente.
Recordamos especialmente una cena compartida en una cocina. Una escena sencilla. Comida, conversación y calor humano.
Había una sensación de calma, armonía y ausencia total de estrés que todavía hoy recordamos.
También nos reímos mucho con Rokha.
Mariona suele decir a menudo «vale, vale». Hasta que un día descubrimos que «vale», en nepalí, significa «pollo».
A partir de entonces, cada vez que lo decía, las risas estaban aseguradas.
Son esos momentos sencillos los que terminan quedándose grabados en la memoria.
Siempre adelante
A menudo nos preguntan qué tiene de especial viajar juntos en bicicleta.
La verdad es que no sabemos hacerlo de otra manera.
Desde que estamos juntos, hemos viajado juntos y en bicicleta.
Nos gusta llegar a los lugares pedaleando. Nos gusta no saber exactamente cómo acabará el día ni qué nos espera tras la siguiente curva.
Y cuando las cosas se complican, siempre intentamos hacer lo mismo.
Cuando uno tiene un día difícil, el otro escucha.
Cuando uno necesita bajar el ritmo, lo bajamos.
Cuando uno duda, el otro acompaña.
Pero siempre seguimos adelante.
El recuerdo que perdura
Cuando pensamos en aquel viaje, lo primero que nos viene a la cabeza es Mustang.
No tanto un puerto de montaña, una cifra o una meta.
Sino un territorio.
Unos paisajes.
Una forma de vivir.
Y la sensación de haber podido disfrutar de un lugar único, situado entre el Himalaya y el Tíbet.
Hay viajes que terminan cuando vuelves a casa.
Y hay otros que continúan acompañándote muchos años después.
Este es uno de ellos.
Ramon y Mariona
¿Te apetece seguir el rumbo de Deriva Lenta?
Deriva Lenta se ha ido construyendo paso a paso, tomando decisiones conscientes por el camino.
Si te apetece acompañar cómo evoluciona el proyecto cuando hay algo que contar, la slowletter es el canal más directo.










































Deja un comentario