Para explicar qué significa eso de ser peregrino dual tengo que volver a 2017. Y, curiosamente, empezar hablando de una bicicleta.

Aquel año acababa de comprar mi primera gravel, una Specialized Sequoia de acero. Buscaba una bici que me permitiera, básicamente, deltejar: pasear por el Delta del Ebro, donde vivía por entonces, sin tener que decidir de antemano por dónde iba a regresar a casa.

Trabajaba en Tortosa y muchas veces iba en bicicleta de carretera. El problema era que, a la vuelta, siempre me apetecía abandonar el asfalto, meterme entre arrozales y atajar por cualquier camino que apareciera. Con la bici de carretera no podía. Si iba con la bici de montaña de doble suspensión ocurría justo lo contrario: podía perderme por el Delta todo lo que quisiera, pero arrastraba demasiada bicicleta para un simple desplazamiento al trabajo.

La gravel resolvió el dilema.

Unía ambos mundos sin penalizar demasiado en ninguno.

Poco después de comprarla, un amigo con el que había hecho el Camino de Santiago en 2013 desde Benicarló me propuso recorrer la Vía de la Plata. Tenía una bicicleta rápida, sin suspensiones (mantenimiento mínimo) y, además, perfecta para llenarla de aquellas alforjas que por entonces todavía me parecían tan curiosas: las de bikepacking.

No tuve que pensármelo demasiado.

Compré mis primeras bolsas y volví a los senderos del Camino de Santiago, esta vez de una manera completamente distinta.

Bicicleta de bikepacking apoyada en un árbol con la flecha del Camino de Santiago

La experiencia no pudo ser mejor.

Por aquellos años todavía no se veían demasiadas gravel y mucho menos bicicletas montadas para bikepacking en el Camino. Algunos bicigrinos miraban con cierta sorpresa aquella bicicleta cargada de bolsas por todas partes. Yo también estaba descubriendo algo nuevo: la ligereza con la que podía moverme llevando todo lo necesario repartido por el cuadro.

Y me enamoré del acero.

De cómo flexaba, de la comodidad, de aquella sensación de llevar una bicicleta aparentemente sencilla que servía para casi todo. Desde entonces, para mí, dejó de ser acero.

Pasó a ser acero valyrio.

La Sequoia resultó perfecta para una ruta como la Vía de la Plata. Pistas preciosas, senderos rápidos y limpios y kilómetros y kilómetros de un Camino que ya era excepcional por sí mismo. Sevilla, Mérida, Cáceres, Salamanca, Zamora… ciudades que disfruté especialmente por todo lo que conservan de su pasado y, entre ellas, un rosario casi interminable de pequeños pueblos que hicieron del viaje algo tremendamente placentero.

Bicicleta con alforjas de bikepacking con catedral al fondo
Bicigrino esperando junto a bici de gravel
Cicloturista sentado contemplando un acueducto romano
Cicloturisas y sus bicis junto a letrero de Cáceres
Cicloturista con equipación de lluvia y reflector amarillo

Desviarnos después hacia el Camino Sanabrés para evitar repetir el tramo final que ya conocíamos del Camino anterior fue otro acierto.

Si tengo que escoger, probablemente recomendaría esta ruta antes que el Camino Francés que enlacé desde el Camino Jacobeo del Ebro en 2013. La recuerdo mucho menos masificada, menos comercial y con una sensación de viaje que encajaba bastante mejor conmigo.

Ciclista junto a la Cruz de Ferro en el Camino de Santiago Francés, León
Bicicleta con alforjas reclinada en un pilar de la Vía de la Plata

Pero todavía faltaban unos cuantos años para entender qué tenía que ver todo aquello con ser peregrino dual.

En 2023 apareció otra bicicleta.

Una Brompton.

La compré pensando, entre otras cosas, en Japón. Venía de cruzar Alemania y Suiza en gravel el año anterior, tenía Noruega y Cabo Norte rondándome también por la cabeza pero, para 2024, imaginaba una aventura completamente distinta: recorrer Japón con una bicicleta plegable de seis velocidades.

Brompton apoyada en muro de costa con letrero pintado en la pared

Sobre el papel, al menos en mi cabeza, el plan era magistral.

Hasta que empecé a preparar el viaje de verdad.

Cuanto más leía sobre Japón, más dudas tenía. Muchos de los santuarios y lugares que quería visitar estaban llenos de escaleras. Los doce kilos de la Brompton, que en otros contextos podían significar libertad, empezaron a parecerme una carga. Tendría que buscar dónde dejarla constantemente o cargar con ella plegada para acceder a determinadas localizaciones.

Pero lo que terminó de desmontar el plan fue una fotografía.

La encontré por Internet.

Una pagoda rojiza de tres pisos emergía entre la vegetación. Detrás, una enorme cascada caía desde la montaña completando una de esas imágenes que cuesta creer que existan fuera de una pantalla.

Me quedé atrapado en ella.

A partir de ese momento hubo un lugar que pasó a estar por encima de casi todos los demás en mi viaje: Nachi Taisha.

Tenía claras algunas localizaciones (Kioto, los Alpes Japoneses) y hasta llegué a plantearme reducir al mínimo mi paso por Tokio, una ciudad cuya magnitud me producía más estrés que curiosidad. Pero aquella fotografía había introducido un destino nuevo en el mapa.

Buscando cómo llegar descubrí algo que terminó de cambiar el viaje.

La Kumano Kodo.

Desvío con escaleras de madera en el monte de la Kumano Kodo

Una antigua red de caminos de peregrinación a través de los montes Kii, hermanada con el Camino de Santiago. Dos caminos situados prácticamente en extremos opuestos del mundo y, a la vez, unidos por algo excepcional: son las dos únicas rutas de peregrinación inscritas como Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Y había un detalle más.

La Kumano Kodo había que recorrerla andando.

Claro y en botella.

Descubrí además que quienes podían acreditar haber realizado el Camino de Santiago y completaban los requisitos establecidos en Kumano podían registrarse como peregrinos duales.

Yo guardaba mis Compostelanas.

Solo me faltaba caminar.

Puede parecer una excusa un poco absurda para cambiar por completo la forma de viajar después de tantos años de bikepacking.

Probablemente lo fuera.

Pero fue suficiente.

La Brompton se quedó en casa.

Elegí la Nakahechi, la histórica Ruta Imperial de Kumano. Entre las distintas posibilidades me pareció la opción más asumible para mi primera experiencia de este tipo.

Lo de asumible duró unas pocas horas.

Nada más llegar a Osaka me concedí algo de tiempo para aclimatarme. Al cambio horario, al calor de agosto y, sobre todo, a la cantidad de estímulos nuevos que aparecían constantemente: colores, arquitectura, comida, personas y costumbres que poco tenían que ver con las mías.

Paseé por la ciudad sin demasiada prisa. Ya tendría ocasión de regresar y disfrutarla con calma al final del viaje.

Después me trasladé a Tanabe, uno de los puntos de entrada habituales a la Kumano Kodo.

Allí ocurrió una de esas pequeñas casualidades que hacen que un viaje empiece incluso antes de echar a andar.

En el alojamiento coincidí con un mexicano que acababa de recorrer el camino en sentido contrario y terminaba su peregrinación precisamente allí. Cenamos juntos, compartimos experiencias, unas cuantas risas y una amistad que, aunque sea en forma de Instagram, todavía perdura.

Al día siguiente empezó mi Kumano Kodo.

Serían solo cuatro días.

Cuatro días dentro de un viaje de un mes por Japón.

Entonces todavía no sabía que acabarían siendo un viaje dentro del viaje.

Siguiendo las recomendaciones que había encontrado durante la preparación, reservé de antemano alojamiento a lo largo de la ruta. Allí no existen los albergues, y los pueblos son tan rurales que no disponen de oferta turística. Aquello me llevó a dormir en casas tradicionales japonesas, sobre futones, comer lo que preparaban sus propietarios y entrar durante unos días en una cotidianeidad que probablemente jamás habría conocido viajando de otra manera.

Peregrino escribiendo en una habitación tradicional japonesa en la Kumano Kodo

El idioma, curiosamente, terminó importando bastante poco.

En aquella zona apenas encontré gente que hablara inglés. Durante las cenas recurríamos a gestos, palabras sueltas y todas esas herramientas improvisadas que aparecen cuando dos personas tienen interés en entenderse.

Y nos entendíamos.

Muchas de aquellas cenas terminaron entre risas.

Después estaba el camino.

Siempre me había parecido durísimo hacer el Camino de Santiago andando. En bicicleta existe una pequeña ventaja que quizá solo valoras cuando dejas de tenerla: es la bicicleta la que transporta buena parte del peso. Tus piernas trabajan, sí, pero puedes dejar de pedalear en una bajada y continuar avanzando.

Caminando no existe esa tregua.

Cada metro te pertenece.

No fui plenamente consciente de ello hasta unas pocas horas después de empezar la Kumano Kodo.

Los primeros sellos llegaron en los pequeños ōji que aparecen a lo largo del camino, antiguos lugares sagrados integrados en la ruta. Con la credencial recién estrenada y cámara en mano, durante aquellas primeras horas probablemente fui la persona más feliz del mundo.

Disparaba a diestro y siniestro.

Bosques, senderos, pequeños santuarios, detalles que no entendía y que precisamente por eso me fascinaban.

Hasta que el camino empezó a mirar hacia arriba.

Y siguió mirando hacia arriba.

Los desniveles pronto pusieron cada cosa en su sitio. A las subidas se sumaban el calor y una humedad que, incluso para alguien acostumbrado al litoral mediterráneo, resultaban difíciles de asumir.

Por suerte, el paisaje tenía cierta capacidad para hacer olvidar todo lo demás.

Al menos durante unos minutos.

Sendero entre cedros y rayos de luz en la Kumano Kodo, Japón
Sendero entre cedros y musgo en la Kumano Kodo, Japón
Escalinata entre cedros y linternas de piedra en la Kumano Kodo, Japón

Las noches eran el contrapunto perfecto.

Llegar a la casa donde iba a dormir y encontrar preparado uno de aquellos baños japoneses se convirtió en un pequeño oasis después de cada jornada.

El ritual era completamente distinto al mío.

Sentarte en una pequeña banqueta frente a un espejo, lavarte y enjabonarte allí antes de entrar completamente limpio en una bañera de agua tan caliente que, al principio, cuesta entender dónde está exactamente la parte relajante del asunto.

Hasta que entras.

Y entonces la entiendes.

Es sorprendente la capacidad del ser humano para adaptarse a las costumbres ajenas.

Especialmente cuando son tan placenteras (o más) que las propias.

Después llegaba la comida, los gestos, alguna copa de sake, las risas y finalmente el futón.

Y al día siguiente, otra vez el camino.

También había leído que el tiempo podía cambiar en Japón con una rapidez considerable.

Leerlo y vivirlo resultaron ser cosas bastante distintas.

Agosto es época de lluvias y tifones, y el segundo y el tercer día de peregrinación me tocó caminar bajo tormentas como no había visto nunca.

No era una de esas lluvias de verano que alivian el calor.

Aquello era otra cosa.

Los truenos retumbaban sobre mí mientras caía tanta agua que en algunos momentos apenas podía distinguir lo que tenía unos metros por delante. La intensidad podía disminuir durante un rato y, de repente, volver con una violencia inusitada.

Los senderos dejaron de parecer senderos.

Eran pequeños ríos.

Y mis pies pasaron horas dentro de unas zapatillas completamente empapadas.

Al terminar la primera de aquellas jornadas tenía heridas en prácticamente todos los dedos.

Esa noche pensé que mi Kumano Kodo podía haber terminado allí.

No hubo ninguna gran decisión heroica.

Me hice las curas, vendé lo que tenía que vendar y me fui a dormir.

Por la mañana decidiría.

Y por la mañana los pies respondieron.

Con los dedos vendados volví a salir bajo la lluvia.

Curiosamente, pude caminar sin dolor.

Así que seguí.

Al final de aquella jornada llegué a Kumano Hongu Taisha.

Santuario Kumano Hongū Taisha en la Kumano Kodo, Japón

Allí pude acreditar el Camino de Santiago, completar los requisitos de la Kumano Kodo y registrarme oficialmente como peregrino dual.

Después llegó algo que no esperaba vivir con tanta intensidad: la ceremonia del taiko.

Me explicaron cómo debía golpear el gran tambor sagrado y participé en aquel pequeño ritual reservado a quienes habían completado ambas peregrinaciones.

Nunca he sabido desenvolverme demasiado bien cuando otras personas celebran con entusiasmo algo que considero un logro personal.

Me da cierto pudor.

Aquella alegría ajena me sonrojaba.

Pero, después de varios días compartiendo sus casas, su comida, sus costumbres y alguna copa de sake, tampoco me parecía ya tan extraña.

Quizá algo había empezado a cambiar.

Lo curioso era que, oficialmente, ya podía considerarme peregrino dual.

Pero mi camino no había terminado.

Al menos no el mío.

Todavía quedaba Nachi.

La credencial decía una cosa.

La fotografía que me había llevado hasta allí decía otra.

Para mí, la peregrinación terminaría cuando estuviera delante de aquella pagoda y aquella cascada que meses atrás habían aparecido en una pantalla y habían conseguido desmontar un viaje entero.

Así que afronté la última jornada con las zapatillas todavía húmedas del día anterior y varios dedos vendados.

Volvió a ser dura.

Pero esta vez la lluvia dio bastante más tregua.

Y seguí caminando.

Ya llevaba conmigo la pequeña satisfacción (probablemente bastante infantil) de haber comprobado en la web oficial que mi nombre formaba parte de aquel grupo de peregrinos duales.

Era como un niño con zapatos nuevos.

Aunque, en mi caso, los zapatos estuvieran empapados y los pies llenos de cortes.

Pero el premio de verdad todavía estaba por llegar.

Después de varios días de bosques, desniveles, calor y tormentas, el tiempo decidió concederme una tregua.

Al llegar, salió el sol.

Y allí estaba.

La imagen que había visto tantos meses atrás.

La pagoda.

La montaña.

Y detrás, precipitándose desde ella, la cascada de Nachi.

Me dejó sin aliento.

Había viajado hasta allí por una fotografía y, como apasionado de la fotografía, lo primero que había imaginado durante meses era poder hacer mi propia versión de aquella imagen.

La hice.

Pagoda de Seiganto-ji y cascada Nachi en la Kumano Kodo, Japón

Y me gusta mucho.

Pero ninguna fotografía tiene demasiado que hacer frente a la sensación de llegar caminando hasta el lugar que un día consiguió cambiar todos tus planes.

Aquella imagen había sido el principio.

Estar delante de ella era el final.

O eso pensaba.

En apenas cuatro días había vivido un viaje excepcional dentro de otro viaje.

Todavía me quedaba casi todo agosto por delante y una buena parte de Japón por descubrir. Por un momento incluso llegué a preguntarme si empezar por aquellos paisajes tan salvajes podía hacer que todo lo demás me supiera a poco.

Por suerte, Japón se encargó rápidamente de demostrarme que no.

Pero algo sí había cambiado.

Hasta entonces mi manera de viajar estaba estrechamente ligada a una bicicleta. Gravel, bikepacking, autosuficiencia. Años buscando caminos, cargando lo necesario y aprendiendo a desenvolverme lejos de casa.

Viajar en bicicleta sigue teniendo algo profundamente liberador para mí.

Eso no cambió.

Lo que cambió fue descubrir que quizá había confundido durante demasiado tiempo mi manera de viajar con la herramienta que utilizaba para hacerlo.

La experiencia acumulada durante tantos años sobre una bicicleta no se quedó en casa con la Brompton. Viajó conmigo.

La capacidad para improvisar. Para adaptarme. Para seguir adelante cuando las cosas no salen como estaban previstas. Para estar solo sin sentirme necesariamente solo. Para aceptar que un camino puede cambiar en cualquier momento.

Todo aquello también cabía en una mochila.

Quizá ese fue el verdadero significado de convertirme en peregrino dual.

No solo haber recorrido dos peregrinaciones separadas por miles de kilómetros.

También descubrir dos maneras distintas de avanzar.

Y te voy a contar un secreto.

Desde entonces me ronda la idea de crear algún día algo parecido a Deriva Lenta Slowbiking, pero a pie. Caminos tranquilos, mochila a la espalda y tiempo suficiente para perderse un poco por el camino.

Quién sabe.

Llevo muchos años con Deriva Lenta en la cabeza y por fin este año le pude dar forma. Quizá algún día esa sea otra de sus variantes.

El resto de aquel mes por Japón pertenece a otra historia. Si tienes curiosidad, una parte vive en mi perfil de fotografía callejera de Instagram.

Aquí no.

Aquí solo hay espacio para los caminos tranquilos y las rutas mágicas.

Y la Kumano Kodo fue ambas cosas.

¿Te apetece seguir el rumbo de Deriva Lenta?

Deriva Lenta se construye a partir de rutas, historias, fotografías y pensamientos que encuentran su lugar por el camino.

Si quieres acompañar el proyecto y enterarte cuando haya algo nuevo que merezca la pena compartir, la slowletter es el canal más directo.